lunes, 1 de febrero de 2010

Al igual que cada año

Me levanté silenciosamente de mi camita. Si mis padres llegaban a oírme todo se echaría a perder porque, por más que viviésemos un pueblo muy tranquilo, me imagino que no les hubiese agradado verme a salir de la casa en la madrugada, ya que yo apenas contaba con 8 años. No es que yo fuese una niña mala y me gustara desafiar la autoridad de mis padres, pero debía ver a mi amigo Ted, quién, como cada Halloween, paseaba conmigo hasta el lago cercano a mi casa. Él me había hecho prometer que cada año recorreríamos ese sendero juntos y, como era mi mejor amigo, yo no faltaba a mi palabra.
Me puse el primer abrigo que encontré, y salí por el corredorcito que comunicaba mi cuarto y el de mis padres, con la cocina. Al pasar al lado de la pieza de ellos, me detuve un momento para verificar que no me hubiesen oído, pero como siempre desde hacía dos años, cuando mis escapadas habían empezado, ellos dormían profundamente. Estaban exentos de cualquier preocupación.
Atravesé la cocina en un santiamén. He de aclarar que dudé unos momentos frente a la puertecita que daba al jardín, ya que, la verdad sea dicha: nunca me habían agradado esos paseos nocturnos, porque era una niña asustadiza...aunque, también, bastante inconsciente.
Suspiré resignada y, al fin, abrí la puerta.
Ted ya estaba en el patio. Llevaba el mismo disfraz de hacía dos años, aunque ahora estaba un poco más gastado. Consistía en un trajecito blanco y negro, y una capa larga; lo que sugería que la idea del chico era parecer ‘Drácula’. Ted estaba pálido, y su cabello y ojos negros lo resaltaban de tal manera, que era difícil pensar en un disfraz más acertado que ese.
Le sonreí y lo saludé con la mano. Cuando caminé hasta su lado noté que estaba descalzo, con sus blancos piececitos sobre la tierra; rasguñados y magullados.
-¿No tienes frío?
-No – dijo él- ¿Vamos ya? – agregó y, sin esperar a que yo respondiese, se dio vuelta y encaro el camino que salía del patio de mi casa hacia las calles de tierra del humilde pueblecito.
Yo le seguí.
Mientras caminábamos, uno al lado del otro, pero separados más o menos por un metro de distancia, yo noté lo desierto y frío que estaba todo. No había ni un alma fuera de sus casas. Solo yo y Ted. Por más que agudicé mi oído no pude oír ningún animal u insecto moverse, solo el aullido del viento, pero hasta eso me pareció sonar lejano e irreal. Era como si el tiempo se hubiese detenido a nuestro alrededor.
-¿Por qué en Halloween? – le pregunté, de repente. Él estaba mirando hacía el lado opuesto, así que entonces volvió su carita pálida y algo magullada hacía mí, y exclamó:
-¡¿Qué, tienes miedo!? – lo dijo con una voz y sonrisa picaras, pero la alegría no parecía llegarle a los ojos.
-No, –mentí- es solo que me preguntó porque esta fecha en especial.
-Es la apropiada... –luego comentó, mirándome con ojos incrédulos:- ¡Has crecido!
Era verdad, yo había crecido bastante y ya le llevaba casi una cabeza y media de altura.
-Si, –asentí- mamá dice que me estoy convirtiendo en una hermosa damita. –agregue, orgullosa-
-Y es cierto –concordó Ted. Luego calló unos segundos. Ya estábamos bastante cerca del lago y él empezó a caminar más lento: – Serás una hermosa dama. –concluyó, con una seriedad al hablar, poco creíble en un niño tan pequeño.
Cuando llegamos frente al laguito, él se dio vuelta hacia mi, yo hacia él, y ambos nos miramos unos instantes, en silencio. Yo no quería hablar, porque estaba segura que rompería a llorar en cualquier momento.
-Bien, Beth, nos veremos el próximo año ¿Cierto? – me preguntó, acercándose más a mi. Yo asentí, segura de que las molestas lágrimas ya estaban bajando por mis mejillas.- ¿Me lo prometes? – insistió-
-Lo prometo, Ted. –Dije yo, secándome las lagrimas con las mangas de mi camisón y mi abrigo-
-Beth... si las cosas hubiesen sido diferentes, ¿Te habrías casado conmigo al crecer? – inquirió el niño frente a mi, y su voz sonó tan lejana que yo estuve segura que no nos quedaba mucho tiempo...
Así que lo abracé. Lo abracé pese a lo helado que estaba su cuerpecito; pese a mi impresión de que podría mancharme con la sangre de sus heridas, las heridas que las rocas le habían provocado; pese a todo... Lo abracé y el me abrazó, y entre llanto logré susurrar:
-¡Por supuesto que si, Ted!

Luego de unos segundos, ambos nos apartamos y, él, con la mirada perdida y apagada que tuviese desde hace dos años, se dio la vuelta y empezó a caminar rumbo al lago, mientras yo me quedaba observándolo.
Cuando sus piecitos descalzos tocaron el agua, Ted hizo una especie de gesto con el brazo despidiéndose, y gritó: “¡Feliz Halloween, Beth, te veré dentro de un año!”. Luego rió, con esa risa dulce de niño de eternos seis años. Él no crecería ya, pero al menos podría verme crecer, podría estar conmigo. Aunque fuesen sólo unos minutos; una noche al año.
Entonces, poco a poco, se adentró en el laguito. El lago en el que había nadado y del que no había podido salir, aquella noche, hacía dos años ya, cuando yo también tenía seis.

Mariluna Irigoyen
"...¿Plutón?..."

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